"Con 19 años me creía la reina del mundo de la universidad. De hecho eramos tres que, irónicamente, promulgábamos una doctrina de pasión hacia los estudios que después casi nunca cumplíamos. Pero creíamos y aún creemos que las raíces del romanticismo nunca fueron en vano.
La teoría es simple: hagas lo que hagas pon toda tu pasión en ello. Y yo decidí aplicar esta teoría siempre que pudiera, especialmente en cuanto a sentimientos refiere. Sentirlo todo como si fuera la primera o la última vez, querer como nunca se ha querido, amar como nunca se ha amado, menospreciar como nunca se ha menospreciado. Por eso cada ruptura que he tenido ha sido el máximo drama mundial, y cada relación empezada ha sido la más maravillosa historia de amor nunca.
A raíz de esto, he empezado a perder credibilidad. Y la gente que me rodea no para de decirme que no debería tomarme las cosas tan a pecho, que ninguno de los hombres que digo amar van a ser el hombre de mi vida, que ninguna de las rupturas que me destruyen van a ser la última. Pero, es que, si lo pienso, a mi me gusta ser así. Me gusta sentirlo todo al límite. ¿Si no lo siento así con 26 años cuando lo sentiré?
No quiero sentimientos enlatados, no quiero estar con nadie por comodidad. Quiero llorar cuando quiera, y quedarme encerrada en casa pensando en una sonrisa; quiero escuchar en bucle a Elliott Smith y revivir sus pasiones; quiero leer a Wilde y sentir todo su despecho.
Y cuando tenga 50 años quiero recordar con una sonrisa la época en la que una mirada al suelo era significativa, esa época en que un mensaje a las 4 de la mañana podía cambiarlo todo. Porque los estudios, y el trabajo, van a estar allí, tal vez llevaré 20 años con la carrera acabada, tal vez 25, ¿qué más da eso? Pero las pasiones que haya sentido serán mi propia riqueza personal. La riqueza que me hará entender las tragedias griegas y sentir lo que Goethe sentía.
Porque en el fondo siempre he creído que lo que nos hace humanos son las pasiones.
Y esas pasiones son las que me hacen sonreír un martes soleado por la mañana a pesar del fin de semana anterior. No el trabajo, ni los estudios. ¡Yo quiero sentir!"
Abril, 2009.
Yo, perdida entre la multitud que vomita
sin caballo efusivo que corte, los espesos musgos de mis sienes.
miércoles 11 de enero de 2012
martes 25 de octubre de 2011
Recuperando secciones
Hoy en "palabras que me gusta repetir en voz alta":
JODER, COLEGA.
Esto ya no es lo que era, ¿verdad? Bueno, en realidad esto siempre ha sido así. Repito algo en voz alta y me doy cuenta de la sonoridad de la palabra. Supongo que es el juego de vocales, o la variedad consonántica, o la expresividad. Se te llena la boca: joooooder, coooolega. Y ya no es necesario decir nada más.
Aunque yo debería dejar de decir cosas tan bastorras y refinarme. Que para algo llevo 3 semanas seguidas haciéndome la manicura.
JODER, COLEGA.
Esto ya no es lo que era, ¿verdad? Bueno, en realidad esto siempre ha sido así. Repito algo en voz alta y me doy cuenta de la sonoridad de la palabra. Supongo que es el juego de vocales, o la variedad consonántica, o la expresividad. Se te llena la boca: joooooder, coooolega. Y ya no es necesario decir nada más.
Aunque yo debería dejar de decir cosas tan bastorras y refinarme. Que para algo llevo 3 semanas seguidas haciéndome la manicura.
Etiquetas:
palabras que me gusta repetir en voz alta
| Reacciones: |
miércoles 7 de septiembre de 2011
De cómo volví a fumar durante un mes en Indonesia
Yo dejé de fumar en Octubre del 2010. Después de unos 14 años de fumadora (buh, ¡que ascazo de pensarlo!) lo dejé. Y oye, frente a lo que pudiera parecer, ni lo pasé mal ni nada. Fue increíble sentir los olores y los sabores. Pero bueno, que ese no es el tema. El tema es que llegué a Indonesia cuando llevaba 9 meses sin fumar. Y lo había llevado bastante bien (¡salvo un par de cigarros mega borracha que creo que hasta tuvieron justificación! y hasta me mareé cual adolescente...) hasta que llegué a Indonesia.
Llegué a Denpasar un sábado a las 17h, tardé más de 3 horas en salir del aeropuerto por unas colas infernales para pagar el visado. Tuve mil problemas con la tarjeta de crédito y me intentaron timar ya antes de salir del aeropuerto. Tío, no sé, controlaros un poco. ¡no podéis timarme antes de salir del aeropuerto! De hecho creo que cuando compré la tarjeta sim para el móvil en una tienda del aeropuerto ya me timaron. No lo tengo muy claro, pero todo indica que nada más entrar en el país ya fui considerada un monedero con patas y me cobraron unas diez veces más lo que valía la tarjeta.
Salí del aeropuerto y había quedado con un couchsurfer. Mientras lo esperaba aproximadamente unas cuantas docenas de Indonesios vinieron a intentarme timar, robar, pedir cosas. Él me vino a buscar. Media 1'50, era cabezón y raruno. Me subí a su moto. Tardamos aproximadamente una hora en recorrer unos 15 quilómetros. Llegué a ver coches adelantando a coches que estaban adelantando coches, llegué a ver un adelantamiento quíntuple de motos, llegué a ver cinco personas subidas a una moto. Una locura. Asia en estado puro. Yo en estado de shock.
Llegamos a su casa. El chico era diseñador gráfico y fotógrafo, vivía en el centro de la ciudad en una zona aparentemente buena. Vale. Llegamos a la casa y su casa era una habitación de como 4 metros cuadrados. Había un colchón en el suelo y ya. No cabía un armario. Ni nada. No había cocina. Su tele era una pantalla de ordenador de los años 80. Su ropa eran dos camisetas dobladas. En la casa de al lado (del mismo tamaño) vivían creo que 4 personas. Respiré y le pregunté por el lavabo.
Lavabo asiático.
El lavabo era un agujero en el suelo. Vale. Respira. Le pregunté por el papel higiénico y la cadena. ¿Papel higiénico? Tu mano izquierda. Coges agua del fregadero con el cubo y te la echas en la mano. ¿Jabón? Buh. ¡el jabón está sobrevalorado! ¿tirar de la cadena? Pues lo mismo, coges agua del fregadero con el cubo y la tiras por el agujero. Vale, tranquilidad. Estás en Asia. Esto es así. ¿Y la ducha? Pues lo mismo: coges agua del fregadero con el cubo y te la echas por encima.
Fuimos a cenar. Mi primer arroz indonesio. Comer con la mano derecha el arroz más picante que he probado en la vida sabiendo que voy a dormir en un agujero y que el baño es otro agujero en el suelo. Y saber que esto va a ser así por los siguientes 30 días de tu vida. Porque, como bien sabéis, estaba en Asia. Y iba a estar sola por lo menos dos semanas.
Pregunté el precio del tabaco al ver que todo el mundo fumaba. El chico me dijo que valía el equivalente a 0'70 euros. Setenta céntimos de euro. Fui a la primera tienda que encontré y pedí cuatro paquetes.
Esta es la historia de cómo volví a fumar durante el mes que estuve en Indonesia.
Semanas más tarde sufrí el Ramadhan, la corrupción de la policía, me siguieron intentando timar, me acosaron, siguieron, persiguieron. Nunca me había sentido tan orgullosa de fumar. ¡Eso es adaptación al medio y lo demás son tonterías!
Eso sí, después de salir de Indonesia lo volví a dejar. Y estoy super orgullosa de ello. Y estoy enamorada de Indonesia y quiero volver en cuanto pueda.
Llegué a Denpasar un sábado a las 17h, tardé más de 3 horas en salir del aeropuerto por unas colas infernales para pagar el visado. Tuve mil problemas con la tarjeta de crédito y me intentaron timar ya antes de salir del aeropuerto. Tío, no sé, controlaros un poco. ¡no podéis timarme antes de salir del aeropuerto! De hecho creo que cuando compré la tarjeta sim para el móvil en una tienda del aeropuerto ya me timaron. No lo tengo muy claro, pero todo indica que nada más entrar en el país ya fui considerada un monedero con patas y me cobraron unas diez veces más lo que valía la tarjeta.
Salí del aeropuerto y había quedado con un couchsurfer. Mientras lo esperaba aproximadamente unas cuantas docenas de Indonesios vinieron a intentarme timar, robar, pedir cosas. Él me vino a buscar. Media 1'50, era cabezón y raruno. Me subí a su moto. Tardamos aproximadamente una hora en recorrer unos 15 quilómetros. Llegué a ver coches adelantando a coches que estaban adelantando coches, llegué a ver un adelantamiento quíntuple de motos, llegué a ver cinco personas subidas a una moto. Una locura. Asia en estado puro. Yo en estado de shock.
Llegamos a su casa. El chico era diseñador gráfico y fotógrafo, vivía en el centro de la ciudad en una zona aparentemente buena. Vale. Llegamos a la casa y su casa era una habitación de como 4 metros cuadrados. Había un colchón en el suelo y ya. No cabía un armario. Ni nada. No había cocina. Su tele era una pantalla de ordenador de los años 80. Su ropa eran dos camisetas dobladas. En la casa de al lado (del mismo tamaño) vivían creo que 4 personas. Respiré y le pregunté por el lavabo.
Lavabo asiático.
El lavabo era un agujero en el suelo. Vale. Respira. Le pregunté por el papel higiénico y la cadena. ¿Papel higiénico? Tu mano izquierda. Coges agua del fregadero con el cubo y te la echas en la mano. ¿Jabón? Buh. ¡el jabón está sobrevalorado! ¿tirar de la cadena? Pues lo mismo, coges agua del fregadero con el cubo y la tiras por el agujero. Vale, tranquilidad. Estás en Asia. Esto es así. ¿Y la ducha? Pues lo mismo: coges agua del fregadero con el cubo y te la echas por encima.
Fuimos a cenar. Mi primer arroz indonesio. Comer con la mano derecha el arroz más picante que he probado en la vida sabiendo que voy a dormir en un agujero y que el baño es otro agujero en el suelo. Y saber que esto va a ser así por los siguientes 30 días de tu vida. Porque, como bien sabéis, estaba en Asia. Y iba a estar sola por lo menos dos semanas.
Pregunté el precio del tabaco al ver que todo el mundo fumaba. El chico me dijo que valía el equivalente a 0'70 euros. Setenta céntimos de euro. Fui a la primera tienda que encontré y pedí cuatro paquetes.
Esta es la historia de cómo volví a fumar durante el mes que estuve en Indonesia.
Semanas más tarde sufrí el Ramadhan, la corrupción de la policía, me siguieron intentando timar, me acosaron, siguieron, persiguieron. Nunca me había sentido tan orgullosa de fumar. ¡Eso es adaptación al medio y lo demás son tonterías!
Eso sí, después de salir de Indonesia lo volví a dejar. Y estoy super orgullosa de ello. Y estoy enamorada de Indonesia y quiero volver en cuanto pueda.
lunes 5 de septiembre de 2011
lunes 11 de julio de 2011
querida anónima:
Alguien ha dejado un comentario en mi última entrada firmando "amiga de Miguel". No sé quien eres, pero por favor, me encantaría que me contactaras en privado. Llevo años queriendo saber de él, saber quién era, saber cómo era. Y el día del funeral no reaccioné ni pedí teléfonos ni mails ni nada. Escríbeme y te contaré todo lo que sé sobre su muerte. Mi mail es : laurarbat @ gmail.com.
Espero que sigas leyendo mi blog y leas esto, porque de verdad que me encantaría saber de ti y de él.
Gracias,
Espero que sigas leyendo mi blog y leas esto, porque de verdad que me encantaría saber de ti y de él.
Gracias,
miércoles 15 de junio de 2011
Discapacidad emocional
Que yo ya sé que me quejo mucho. Es mi forma de enfrentarme al mundo. No lo sé hacer de otra manera. Y últimamente me he dado cuenta que soy incapaz de expresar sentimientos y/o emociones verbalmente. Que me es muy fácil esconderme tras el escudo que es este blog, o el twitter, o el facebook mismo.
Hace años, cuando tenía 18 años, no tenía blog ni nada. Y tampoco le contaba a la gente lo que me pasaba. Me lo guardaba para mí, todo para mí. Siempre para mí. ¿Cómo acabé? Pues como es obvio: depresión al canto, dejar el instituto y liarla parda.
Tuve un montón de psicólogos y psiquiatras por una serie de historias que ahora no vienen al caso. Y los odié a todos, sin excepción. Sólo decidí grabar en mi memoria dos cosas que me dijeron:
1. que tenía que sacarlo todo: escribiendo, llorando, lo que fuera. Pero que tenía que sacarlo. Y así empecé a escribir, intentando poner en orden mis sentimientos para ridiculizarlos y poder superarlos.
2. que nunca sería feliz. Sí, así tal cual me lo dijo una psicóloga a mis tiernos 18 años. Me dijo que siempre acabaría rodeada de gente igual de transtornada que yo (queridos lectores, podéis sentiros identificados si queréis) y que nunca podría ser feliz del todo.
Y oye, me jode un montón, pero tenían razón. Desde aquél entonces escribir ha sido mi única escapatoria del mundo. Mis textos depresivos, negativos y pesimistas. Sí. Mi única forma de expresar mi angustia existencial. Porque soy incapaz de verbalizarlo. Yo lo escribo todo, lloro horrores mientras escribo, escucho música de cortarse las venas. Y le doy a "publicar entrada". Cojo la chaqueta y me puedo ir a tomar cervezas con quien sea. Ya me he quitado de encima el fantasma una vez más.
Así pues, estando en la otra punta del mundo, descubrir que tras siete meses y medio no quieres viajar más y que sobretodo no te lo puedes permitir, que 24 horas al día con la misma persona han acabado por quemar la relación (vale, era obvio que sucedería) y encima no saber expresarlo, pues no ha sido fácil.
Vaya conclusión de mierda para toda la parrafada anterior. En mi línea vamos.
Hace años, cuando tenía 18 años, no tenía blog ni nada. Y tampoco le contaba a la gente lo que me pasaba. Me lo guardaba para mí, todo para mí. Siempre para mí. ¿Cómo acabé? Pues como es obvio: depresión al canto, dejar el instituto y liarla parda.
Tuve un montón de psicólogos y psiquiatras por una serie de historias que ahora no vienen al caso. Y los odié a todos, sin excepción. Sólo decidí grabar en mi memoria dos cosas que me dijeron:
1. que tenía que sacarlo todo: escribiendo, llorando, lo que fuera. Pero que tenía que sacarlo. Y así empecé a escribir, intentando poner en orden mis sentimientos para ridiculizarlos y poder superarlos.
2. que nunca sería feliz. Sí, así tal cual me lo dijo una psicóloga a mis tiernos 18 años. Me dijo que siempre acabaría rodeada de gente igual de transtornada que yo (queridos lectores, podéis sentiros identificados si queréis) y que nunca podría ser feliz del todo.
Y oye, me jode un montón, pero tenían razón. Desde aquél entonces escribir ha sido mi única escapatoria del mundo. Mis textos depresivos, negativos y pesimistas. Sí. Mi única forma de expresar mi angustia existencial. Porque soy incapaz de verbalizarlo. Yo lo escribo todo, lloro horrores mientras escribo, escucho música de cortarse las venas. Y le doy a "publicar entrada". Cojo la chaqueta y me puedo ir a tomar cervezas con quien sea. Ya me he quitado de encima el fantasma una vez más.
Así pues, estando en la otra punta del mundo, descubrir que tras siete meses y medio no quieres viajar más y que sobretodo no te lo puedes permitir, que 24 horas al día con la misma persona han acabado por quemar la relación (vale, era obvio que sucedería) y encima no saber expresarlo, pues no ha sido fácil.
Vaya conclusión de mierda para toda la parrafada anterior. En mi línea vamos.
jueves 2 de junio de 2011
Esa soy yo.
Yo soy la que siempre deja demasiado tiempo la bolsita de té en el agua hirviendo. O la deja demasiado poco. Yo soy la que cuando hierve la pasta no sabe calcular el tiempo, a pesar de que la pasta sea de pésima calidad y dé igual lo que haga. Porque yo soy la que no pone la música adecuada, ni elije bien los menús de los restaurantes, yo soy la que compra las cosas inadecuadas y ni acierta cuando hace un regalo. La que no sabe encuadrar una foto, la que desenfoca siempre, la que necesita mil intentos en ese salto.
Sí, yo. La que habla demasiado alto. La que dice cosas inadecuadas. La que pone música a horas intempestivas. La que se emborracha y pierde el control. La que no sabe como cortar verduras adecuadamente. La que ni siquiera tiene las canciones ordenadas en el itunes. La que no sabe leer mapas. La que nunca tiene opinión, porque tenga la que tenga siempre alguien decidirá por mi. ¿Que quiero ir de excursión un fin de semana? Se elegirá otro pase lo que pase.
Soy como una niña pequeña. Necesito atención las 24 horas del día. Necesito a alguien detrás mío diciéndome todo el día todo aquello que hago mal. ¿Verdad?
Sí, vosotros no lo sabéis, pero es así. Soy una niña pequeña. Por eso llevo 10 años viviendo por mi cuenta. Por eso he vivido con todo tipo de gente en varias ciudades y países. Por eso, porque no sé cuidar de mi misma. Porque todo lo hago mal.
¿Que por qué lavo las sábanas cuando no nos vamos hasta mañana? Porque quiero. Punto. Y fijo que si no llego a hacerlo también se me hubiese reprochado.
Creo que me voy a ir.
Sí, yo. La que habla demasiado alto. La que dice cosas inadecuadas. La que pone música a horas intempestivas. La que se emborracha y pierde el control. La que no sabe como cortar verduras adecuadamente. La que ni siquiera tiene las canciones ordenadas en el itunes. La que no sabe leer mapas. La que nunca tiene opinión, porque tenga la que tenga siempre alguien decidirá por mi. ¿Que quiero ir de excursión un fin de semana? Se elegirá otro pase lo que pase.
Soy como una niña pequeña. Necesito atención las 24 horas del día. Necesito a alguien detrás mío diciéndome todo el día todo aquello que hago mal. ¿Verdad?
Sí, vosotros no lo sabéis, pero es así. Soy una niña pequeña. Por eso llevo 10 años viviendo por mi cuenta. Por eso he vivido con todo tipo de gente en varias ciudades y países. Por eso, porque no sé cuidar de mi misma. Porque todo lo hago mal.
¿Que por qué lavo las sábanas cuando no nos vamos hasta mañana? Porque quiero. Punto. Y fijo que si no llego a hacerlo también se me hubiese reprochado.
Creo que me voy a ir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)